
Intentaba alejarme, intentaba irme y dejarlos hacer sus vidas. Yo era un simple quien que acomodaba sus ideas.
Ella jugaba feliz en los columpios, luego bajó e intentó correr hacia el tobogán pero se tropezó y calló raspándose las rodillas. Entonces comenzó a llorar. Su padre acudió a su llanto y la tomó en sus brazos.
En ese instante su llanto me ocasionó dolor. Quería tomarla en mis brazos y hacerla sonreír. Grité su nombre pero no me escuchó. Lloró algunos segundos y dejó a sus emociones la oportunidad de disfrutar. Su padre le hizo cosquillas. Ella era plenamente feliz en esos momentos. Cuando Rebeca retomó sus juegos su papá se sentó a observarla desde un banco de la plaza. Me aproximé hasta el banco y me senté a su lado. Mirándolo fijamente le dije: "Te extraño". Él dejó salir de su boca un suspiro y luego con su tierna voz dijo: "si supieras cuanto te extrañamos".
Martín era un hombre encantador, de apariencia imponente. Su rostro daba la impresión de una persona enfadada. Solo debías llegar a sus ojos para ver la bondad de su corazón. Tenía las manos mas lindas del mundo. Tez blanca y un lunar en el pecho. La debilidad de Martín era la vida que su guitarra le obsequiaba cada vez que él la tocaba.
Rebeca era solo una niña de cinco años. Había sacado los preciosos ojos verdes de su papá y la cabellera lacia y negra azabache de su madre.
Martín siempre hablaba sin mirarme, pero era lógico, yo no estaba allí.
Rebeca; es mi hija. Y yo solo era un fantasma. Luego de su nacimiento compartimos unos meses juntas. Hasta que mis ojos se cerraron y caí en el sueño profundo del que aún cinco años mas tarde no podía despertar.
Todos los días estaba con ellos, todos los días hablaba con Martín de nuestra hija y de lo mucho que me gustaría que el supiera que yo estaba allí. Algunas veces creía que me escuchaba porque a su manera me contestaba, otras veces sentía que solo eran ilusiones mías o deseos que yo tenía de ser escuchada.
Podía transformarme en viento para secar las lágrimas y acariciar a Martín y a Rebeca. Podía transformarme en melodías naturales para llegar a sus oídos. Algunas veces escribía sobre las nubes con la intención de que elevarán su vista al cielo y sepan cuanto los amo. Pero nunca lo hacían y yo seguía atrapada en una vida que no era mía.
El día que Rebeca cumplió seis años, el teléfono sonó dos veces y al tercer “ring” Martín levantó el tubo. No pude escuchar más cuando todo empezó a oscurecerse en la fiesta de cumpleaños, hasta el punto donde absolutamente todo se volvió negro. Comencé a escuchar los latidos de mi corazón y el sonido de mi respiración. De pronto una voz gritó mi nombre. En ese instante abrí mis ojos.
Me encontraba en mi cama, al lado de Martín. Al pié de la cama la puerta que me dirigía hacia la otra habitación donde estaba la cuna de Rebeca, aún era una beba de pocos meses. Respiré profundo, abrí la ventana y olí las flores que allí se encontraban. Miré al cielo y leí los mensajes de las tenues nubes. También escuché el canto de los pájaros. Volví a la cama, abracé a Martín e hicimos el amor. Cuando Rebeca despertó, estuve feliz de poder abrazarla, mimarla y brindarle todo el afecto que ella merece. En cuanto a mí, comencé a vivir a partir de entonces sabiendo que entre momento y eternidad no existe mucha diferencia.
Ahora disfruto de cada eterno momento.
//Dedicado a la hija que algún día deseo tener//
